Transfiguraciones en la obra escultórica de Piloto

Nicolás de Jesús, su obra grafica y Chicago.  2014-09-12.  http://www.elbeisman.com/article.php?action=read&id=361

 

Franky Piña Publicado 2014-09-12 10:38:48


 

 

En Mayo, el grabador Nicolás de Jesús regresó a Chicago, pero ahora no venía a probar suerte; vino a compartir los frutos de décadas de trabajo con el buril, ácidos, placas, bujes, torniquetes, tórculos y pinceles. Presentó su libro que reúne gran parte de su obra y un ensayo autobiográfico. El presente texto fue leído en el Museo Nacional de Arte Mexicano, esto a manera de acercamiento a la obra del artista y a su compromiso con los más vulnerables. Hoy la obra de Nicolás se presenta en la exhibición Dreams in Perspective.

Conocí a Nicolás de Jesús en las postrimerías de la década de 1980. Si mal no recuerdo vi una de sus piezas en la exhibición del Día de Muertos en el Museo en 1989. A partir de ahí comencé a mirar sus obras en establecimientos del barrio de Pilsen, oficinas y restaurantes, entre ellos la hoy desaparecida Décima Musa. Recuerdo que, cerca de la barra, Rosario Rabiela y Carmen Velázquez habían colgado un grabado en el que se muestran un río desbordante de esqueletos. En ese entonces los pintores mexicanos que estaban produciendo en el barrio eran apenas un puñado, pero seguían llegando. El nombre de Nicolás de Jesús comenzaba a hacer eco, a veces por su manera tan obsesiva al trabajar y otras tantas veces por el contenido de su obra. No siempre se hablaba bien de su trabajo. Entre dientes se cuestionaba si lo que creaba era “arte” o, desdeñosamente, “artesanía”.

¿Y desde qué postura se le cuestionaba? ¿Desde la academia, desde un elitismo ramplón o desde el racismo más arraigado de nuestra parte? Porque con frecuencia se asume que nosotros, los mestizos, los criollos creamos arte y el nativo produce artesanía.

También se dice que si el río suena es porque piedras trae. ¿Pero qué piedras traía ese río de obras que estaba elaborando Nicolás de Jesús? ¿Los grabados que producía eran producto de un hombre y sus sueños y en constante conflicto con sus demonios muy particulares o de una producción en serie?

La obra que producía Nicolás de Jesús en ese entonces era muy diferente de lo que los pintores mexicanos y chicanos en Chicago estaban elaborando.

En ese entonces, cuando miraba la obra de Nicolás de Jesús, intentaba hacer las conexiones con mis propias experiencias pueriles con las pinturas en papel amate. Sus dibujos y pinturas me remitían a esas historias que de joven llegué a comprar como regalito en una de esas excursiones a las grutas de Cacahuamilpa, en Guerrero. Eran unos pequeños trozos de papel amate llenos de color y de motivos que generalmente ilustraban con colores brillantes las celebraciones del México profundo, como lo llamara Guillermo Bonfil Batalla. Entrar a esas piezas era continuar soñando, pero despierto. Al mirar, uno aprendía a leer líneas, colores, descubría la flora y la fauna de regiones desconocidas o imaginadas.

En la década de 1990 el Museo de Arte Mexicano en Chicano comenzaba a traernos muestras que nos acercaban no sólo a nuestra historia y a nuestra cultura sino que nos remitían al arte universal. Y en esa misma década, en Chicago comenzaba a asentarse una migración latinoamericana con diferente perfil. Las múltiples crisis económicas que habían golpeado a Latinoamérica propiciaron una migración que ya no solo venía de las zonas rurales sino también de las ciudades. Muchos inmigrantes llegaban a esta ciudad en vías de formación y otros ya formados, pero sin mucho éxito en su lugar de origen. Unos ya pintaban, otros escribían, otros eran músicos y otros más actores. Pero la obra que realizaba en Chicago esta nueva generación de inmigrantes seguía muy apegada a la tierra y el concreto de sus lugares de origen. La nostalgia se imponía y, en gran medida, la obra creativa era repetitiva, daba vueltas en sí misma, se quedaba varada en el limbo de la forma y la añoranza del color. El contacto con Chicago era de ojos hacia fuera; en las entrañas estaba anidada la nostalgia por el terruño.

La primera obra que vi de Nicolás de Jesús también estaba revestida de dicha nostalgia; quizá todavía era una idealización de la vida campestre. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que su obra comenzara a transformarse. Agarró otro ritmo. Se enriqueció.

Creo que la innovación en su obra se explica a partir de circunstancias externas e internas. Entre lo externo, la presencia mexicana en Chicago se volvió evidente. En la década de 1990 la población en Chicago creció gracias a la inmigración, y culturalmente las exhibiciones en el Museo se volvieron un referente en la ciudad. Creció la curiosidad por la cultura mexicana, lo cual también se traducía como oportunidades para que los creadores mostraran sus obras en pequeñas y grandes exhibiciones. La necesidad y la curiosidad hicieron que Nicolás de Jesús aprendiera a moverse en la ciudad. Sus obras colmadas de esqueletos despertaron el interés de galerías y coleccionistas.

Asimismo, Nicolás le dio rienda suelta a sus fantasmas internos y pronto comenzaron a habitar su obra. Había pulsiones intensas y otras bochornosas, pero aunque fueran experiencias poco agradables, vitalizaban su obra, la cargaban. Nicolás de Jesús era un demiurgo, pero también un hombre.

Sus esqueletos habitaban el ambiente pueblerino de las pinturas en amate; pero a diferencia de otros pintores más tradicionalistas, Nicolás de Jesús comenzó a explorar los contextos que le ofrecía la ciudad de Chicago. Si no podía vivir el romance a la distancia con el terruño que había dejado, entonces se lo trajo y lo hizo convivir con su entorno. En sus obras comenzaron a convivir el pasado que había dejado en los lugares que había vivido en México y los hizo habitar con el presente y con esa ciudad que ahora habitaba: los barrios en los que vivía, los autobuses en los que se desplazaba. Así comenzaron a aparecer esqueletos en el tren, en la Calle Dieciocho, en la Veintiséis. Creo que comenzó a comprender que no existían dos mundos y que el tiempo en el arte es relativo.

La obra que produjo en Chicago en la década de 1990, era continuidad de la obra que hicieron su papá Pablo de Jesús, su tío Pedro de Jesús y también la de muchos otros pintores de su natal Ameyaltepec, Guerrero. Es la continuidad de la tradición náhuatl y sus magníficos códices y murales. Pero su obra no es sólo continuidad, también es ruptura y es creación. Su obra ya no tiene un fin religioso como el de sus antepasados. Trasciende dogmas. Se ha vuelto espiritual. Tiene como fin presentar situaciones meramente humanas. Cada pieza pretende ser arte. No todos sus grabados están bien logrados. Él lo sabe; sin embargo, en cada uno de ellos deja la vida y propone otra: una que sea más llevadera, más justa, más en armonía y de respeto con el medio ambiente.

La obra de Nicolás de Jesús, que incluye grabados, murales y mantas se inserta también en la tradición de los grabadores mexicanos como José Guadalupe Posada y Leopoldo Méndez; son obras que registran sucesos históricos, que denuncian, pero siguen siendo obras de arte. ¿Quién podría afirmar que Los Caprichos o Los Desastres de la Guerra de Goya no son obras de arte? Nicolás de Jesús no es Goya. Es Nicolás de Jesús y ha hecho su nombre dejando la vida en su obra.

Ahora bien, Nicolás de Jesús sigue creando obra en un medio tradicional como lo es el grabado o la pintura en acrílico, pero su mensaje no puede ser más actual. Cuando la obra de arte es honesta, ésta es un reflejo interior tanto del artista como de su tiempo. Y precisamente en el libro podremos ir viendo la transformación del artista, el mejoramiento en las técnicas y también la evolución de sus ideas. En un apartado de la autobiografía en el libro nos dice: “Si un golpe de trazo no se da con convicción, es mejor no darlo”. Y si algo se siente en los trazos de Nicolás es convicción. Y no es que sea un moralista, su obra pretende develar el misterio de la vida, pero también de la muerte. ¿Y acaso no es esa una de las funciones del arte?

Creo que la experiencia de haber emigrado hizo de Nicolás de Jesús un artista más completo. Nicolás siempre ha viajado y quizá lo haya heredado de su padre, que recorría la republica vendiendo su obra: primero alfarería y luego pinturas en papel amate. En dichos viajes, Nicolás afiló la mirada. No sólo veía sino que reflexionaba y los caminos que andaba pasaron a ser parte de su obra. No podía bifurcar su vida y en su andar por el mundo también aprendió a ver las desigualdades sociales y las grandes desventajas de unos y los privilegios de otros.

Nicolás se ha convertido en un ciudadano de la globalización: viaja de un país a otro siempre colaborando con otros, ayudando en lo que se puede, compartiendo en talleres lo que ha aprendido. Vive en náhuatl, en español y en inglés, ¿por qué no? Pero el lenguaje de su obra gráfica es universal, es el lenguaje de un artista comprometido y que además desde sus líneas y matices nos propone otro mundo. Su propuesta artística y su compromiso con la sociedad, con la tierra que pisa y con el aire que respira van de la mano y el buril.

Nicolás de Jesús dibuja y matiza ese México Profundo que está más vivo que nunca. Su obra es un registro plástico de su relación con el mundo…. El México Profundo también emigra y tal vez Nicolás de Jesús, como nahua, expresa algo de lo profundo en un mundo globalizado.

 Franky Piña. Editor de El BeiSMan.

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Dreams in Perspective: Nicolás de Jesús y Alfredo Martínez
A partir del 12 de septiembre hasta el 10 de octubre
Prospectus Art Gallery
1210 W 18th St.
Chicago, Illinois